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Jorge Luis Borges: El tango no era ni debía ser necesariamente triste

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Despreciaba la ópera, amaba el cine y no era un entendido en artes plásticas, pese a que Norah, su hermana, era pintora. Sus preferencias, la milonga y el blues norteamericano. Una evocación a 25 años de su ingreso a la inmortalidad.

Una relación de conflicto con el tango fue la que desde temprano mantuvo Jorge Luis Borges. En reportajes periodísticos solía formular reparos, o se esmeraba en explicar que donde en los versos se decía “tango” en realidad debía leerse “milonga”. No eran muchos y sí antiguos los que podían considerarse sus tangos predilectos: El marne, La tablada, El choclo y La morocha, lo que actualmente está rotulado como “la guardia vieja”, una especie de intermedio entre las milongas camperas de finales del siglo XIX y el tango-canción que impusiera Carlos Gardel allá por 1917. Por eso Borges, al sostener que “Posiblemente un hombre que nació en 1899 no puede gustar de Gardel, porque está en otra tradición”, estaba acertado.

   La milonga y el “tango criollo”, hijas del mestizaje entre lo indígena y lo español, eran para el joven Borges muy superiores al italianizante tango sentimental que surgiera con Mi noche triste. Allí Pascual Contursi, a lo mejor sin que fuera su intención, estableció la figura del hombre abandonado por la mujer. Y Borges comentaba que ese tono de lamento de las letras (el tango hasta entonces, con algunas excepciones era solo instrumental) no era otra cosa que una flagrante traición al universo de guapos y malevos.

Georgie anti Discépolo

   El divulgado apotegma acerca del tango que surgiera de la inspiración de Enrique Santos Discépolo, “un pensamiento triste que se baila” era aborrecido por Borges, que en uno de sus poemas tempranos había acuñado la frase “un alegrón de tangos”, el tango no era ni debía ser necesariamente triste. Y que ningún compadre se habría quejado de que una mujer no lo quisiera, porque eso hubiera pasado por una mariconería.

   Al final de la década del ’20, Borges despreciaba el tango afeminado y el bandoneón cobarde, a la vez que elogiaba el alma masculina de la milonga, vista más tarde como épica y el tango sentimental. El escritor lamentaba que el clima valeroso y peleador de la milonga, se viera reemplazado por una lírica heredera de Petrarca que idealizaba la memoria de la amante perdida. Pero Borges revisó con el tiempo sus opiniones acerca de los supuestos perjuicios de la italianización del tango, allá por 1955, al admitir haber acusado a los italianos, y con mayor precisión a los genoveses boquenses, de la degeneración. Y en ese sentido reconoció que los criollos viejos que crearon el tango se llamaban Bevilacqua, Greco o de Bassi.

   De acuerdo con el historiador del tango y biógrafo de Borges, Horacio Salas, para el genial escritor el tango es uno de los elementos de la mitología ciudadana, no de la historia. “A grandes rasgos, el guapo y el malevo fueron al gaucho lo que la milonga fue al folklore guitarrero de la pampa”. Durante su infancia, Borges vivió con sus mayores en Palermo, que era una barriada suburbana, de la periferia porteña, el mismo barrio al que le dedicara su poema sobre la fundación mítica de Buenos Aires, según sostiene el autor en la manzana donde estaba ubicada su casa, en Serrano 2135, calle hace poco rebautizada Borges y que, aunque suene a contrasentido, lleva a la pequeña plazoleta Cortázar.

Su antiperonismo

   Borges se mantiene al margen de los cambios que finalizando los ’40 afectan a las letras de tango. Apasionado explicador de Evaristo Carriego, deploraba todo aquello parecido a “la costurerita que dio el mal paso”, vinculándolo con lo más lacrimógeno del tango, posiblemente porque Borges por entonces se encontraba en su momento más cosmopolita.

   Existen, como en todos los casos, razones diversas que fortalecen la personalidad de un artista y una de ellas es la política. Entonces conviene recordar que el esplendor del tango se vincula íntimamente con el peronismo, lo que no obsta para el surgimiento y la vigencia de músicos comunistas como Osvaldo Pugliese o radicales, tal el caso de Carlos Di Sarli. Pero todo el fervoroso entusiasmo que enmarcaba al tango, los multitudinarios bailes, los innumerables programas de radio y los fanáticos que como en fútbol seguían a orquestas e intérpretes, formaban parte de un casi increíble fenómeno de masas que el peronismo encarnaba en el poder, entre mediados de 1946 y septiembre de 1955. Es preciso señalar que Borges fue removido de su cargo de bibliotecario al ser designado, ofensiva y humillantemente como “inspector de aves”, a partir de lo cual el escritor se erige en un tenaz y vigoroso antiperonista.

Borges, la calesita y Piazzolla

   Y en 1958, tres años después del derrocamiento de Perón por el general Eduardo Lonardi y su llamada Revolución Libertadora, Borges publica en una revista su poema El tango. “Gira en el hueco la amarilla rueda/ de caballos y leones, y oigo el eco/ de esos tangos de Arolas y de Greco/ que yo he visto bailar en la vereda”. La rueda con caballos y con leones no es otro símbolo que la calesita de la calle Independencia, a la que Borges iba de niño y pantalón corto. Como Arolas y Greco fueron compositores allá por la primera década del siglo XX, es para sostener que el viejo tango se equipara a la infancia lejana.

   En 1965 Borges se reúne con Astor Pantaleón Piazzolla, bandoneonista, compositor genial y revolucionario que desde mediados de los ’50 venía provocando un fenómeno con la música urbana. Grabaron un disco que tenía como recitador de los versos a Luis Medina Castro y el cantor era Edmundo Rivero, ídolo entre los tangueros, también especialista en milonga, lunfardo y folklore. Ese vinilo aunque suene a mentira es virtualmente imposible conseguir en Argentina, porque durante décadas permaneció fuera de los catálogos. La elaboración de ese trabajo llevó su tiempo y mientras Piazzolla musicalizaba los versos borgeanos, la primera esposa del compositor, Dedé Wolf, entonaba algunas milongas con el propósito que Borges fuera escuchando las melodías elaboradas para sus escritos.

   Cuando concluyó la grabación unos meses más tarde con la voz de Edmundo Rivero, Piazzolla invitó a Borges al estudio, le hizo escuchar el disco y ansiosamente, le pidió su opinión. El escritor, con su inconfundible tartamudeo, le dijo que estaba bien pero que íntimamente prefería “como cantaba la chica”. Es para imaginar, entre risas, las caras que pusieron Rivero y Piazzolla ante ese inesperado veredicto del genio argentino de la literatura.

Nunca fue amigo de Astor

   En su jugosa autobiografía, Edmundo Rivero evoca que en su primer encuentro con Borges, éste le preguntó con qué autoridad y conocimiento cantaba él las milongas. Las canto porque las entiendo y las entiendo porque las he vivido, lo mismo que usted, respondió la voz grave del cantor. Borges, con simpleza y honestidad le dijo que no había tenido esa suerte. “Mi madre no quería que saliera a la calle -dijo Borges- y yo siempre estaba detrás de las rejas”.

   Con respecto al vínculo entre Borges y Piazzolla, es para asegurar que nunca se transformó en amistad, entre otras cosas, porque el escritor supo decir públicamente de Astor “No quiero saber nada con ese señor… no siente lo criollo; Rivero sí, pero él no”. Y unos años después confesaba Borges que “Una noche me llevaron a escuchar un concierto de este señor … Piazzolla. Y yo le dije a mi cicerone que quería escuchar unos tangos pero como no ha tocado ni uno solo, vuelvo al hotel”. Lo que Borges solía también cuestionar del compositor eran los títulos de sus obras, afirmando que no eran de tangos.

   Otras creaciones de Borges y Piazzolla fueron vocalizadas por Amelita Baltar y por el brasileño Ney Matogrosso y milongas de Borges también musicalizadas por Sebastián Piana. Jorge Luis Borges dejó letras tan perfectas como Jacinto Chiclana o Alguien le dice al tango y no hubo poetas argentinos que se animaran a trasponer la frontera entre literatura y tango y al respecto vale evocar que el recientemente desaparecido Ernesto Sábato supo confesarle al pianista Héctor Stampone, autor de El último café, que hubiera dado varias páginas de sus libros a cambio de haber escrito un tango como Sur, de Homero Manzi y Aníbal Troilo.

   Si Borges tenía obsesiones, una de ellas es la que preside las letras de sus milongas: los duelos entre malevos que empuñan “esa víbora, el cuchillo”. En uno de sus cuentos, El Congreso, Borges se autodefinía ser “un literato que se ha consagrado al estudio de las lenguas antiguas, como si las actuales no fueran suficientemente rudimentarias, y a la exaltación demagógica de un imaginario Buenos Aires de cuchilleros”.

   Han pasado 25 años de su desaparición física, pero Borges vive en el testimonio eterno y universal de sus escritos.

                                                                              GONIO FERRARI

 

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