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Astor Piazzolla revolucionó el Tango, lo renovó y contribuyó a crear un público nuevo que se incorporó a la afición al Tango desde todas las latitudes, contagiando con su estilo a jóvenes músicos e intérpretes y permitiéndoles encontrarse con el Tango Clásico.

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Melodías para los ojos

Noticias - 13/10/2012 - 0 Comentarios - Enviar

Escondidos en las librerías, cuatro ensayos exhiben los entretelones del universo del tango, el jazz y el folclore.

Astor Piazzola, uno de los protagonistas de Tangos Cultos, compilado por Esteban Buch
Astor Piazzola, uno de los protagonistas de Tangos Cultos, compilado por Esteban Buch | Ampliar Imagen

Los ensayos filosóficos, los sociológicos, los políticos, los literarios son percibidos por los lectores como ensayos. En cambio, los referidos a música, género que en otras latitudes se despliega en grandes colecciones, ocupan en la Argentina un lugar tangencial. Mucho ayuda la pereza de los libreros: los ubican en estantes inaccesibles, al lado de los cancioneros, menospreciando el interés de muchos de esos libros. Las cuatro obras que siguen se encuentran entre las más notables de los últimos tiempos.

En 1969, el alemán Manfred Eicher, un estudiante de la Academia de Música de Berlín, fundó ECM, sigla que significa “Edition of Contemporary Music” y que nombra a uno de los más importantes sellos discográficos de las últimas décadas. Desde su primer disco –en rigor, uno del pianista Mal Waldron–, Eicher optó por el jazz contemporáneo o, mejor aún, por la música improvisada, ya que muchas de las primeras grabaciones de ECM correspondían a nombres que difícilmente hubieran sido considerados por sellos menos dispuestos a apostar por el riesgo y la creatividad. Así, con los entonces experimentados aunque mal conocidos Keith Jarrett, Chick Corea, Pat Metheny o Dave Holland alternaban nombres mucho más exóticos como los de Bobo Stenson, Egberto Gismonti, Ebberhard Webber, Edvard Vesala y Terje Rypdal, para citar sólo a algunos.

El progresivo éxito comercial de tales artistas sirvió para que este productor musical decidiera, en 1984, crear las ECM New Series, dedicadas a compositores e intérpretes clásicos y contemporáneos. Fue entonces el turno de Arvo Pärt, Alfred Schnittke, Gavin Bryars, Steve Reich y John Adams, pero también, por curioso que parezca, de William Byrd, Johann Sebastian Bach, Georg Friedrich Händel y Ludwig van Beethoven, en magníficas interpretaciones del Hilliard Ensemble, de Gidon Kremer, de András Schiff, del Rosamunde Quartet, entre otros. Para entonces, la música de inspiración folclórica también está presente con el ruso Misha Halperin, el argentino Dino Saluzzi, el escocés Robin Williamson, el tunecino Anouar Brahem o el inglés John Surman.

En 2004, fecha del trigésimo quinto aniversario, el catálogo alcanzaba ya varios cientos de títulos. Con una estética particular que inauguró un capítulo en el diseño de portadas, un sonido extremadamente cuidado y un repertorio variado, pero siempre tendiente a la singular idea que de la espiritualidad tiene Eicher, según la frase ya clásica, acuñada por la revista canadiense Coda, ECM les ofrece a los oyentes “los sonidos más hermosos después del silencio”.

Para los estudiosos, ahora ha empezado a circular en la Argentina Tocando el horizonte. La música de ECM, un impresionante volumen editado por Steve Lake y Paul Griffith, bien traducido por Ferran Esteve y magníficamente publicado por la editorial catalana Global Rhythm, que resume el periplo del sello, alternando los puntos de vista de la crítica especializada, los músicos, los ingenieros de sonido y los responsables de las tapas de esos discos.

En el rubro tango, dos libros presentan especial interés: Tangos cultos: Kagel, J. J. Castro, Mastropiero y otros cruces musicales, compilado por Esteban Buch para la muy activa editorial Gourmet Musical, y los dos tomos de La historia del tango (tomo 20), ideado, realizado y editado por Guillermo Gasió para cerrar la ya dilatada historia que viene publicando Corregidor. En el primero, Buch –historiador de la música argentino, radicado en París– reúne nueve estudios –de Omar García Brunelli, Lisa Di Cione, Silvia Glocer, Camila Juárez, María Laura Novoa, el mismo Buch, Federico Monjeau y Juliana Guerrero– sobre la presencia del tango en la obra de compositores argentinos de música culta: Juan José Castro, Alberto Ginastera, Astor Piazzolla, Mauricio Kagel, Francisco Kröpfl, Gustavo Beytelman, Pablo Ortiz y, créase o no, el Johann Sebastian Mastropiero de Les Luthiers. A los que se suma un análisis donde se plantea un diálogo imaginario entre el compositor y pianista francés Eric Satie, John Cage y el grupo Línea Adicional.

Los dos volúmenes de Gasió –historiador a secas y rara avis de la investigación pura y dura– son de otra índole: se centran en todas las figuras actuales que integran el universo del tango, desde los compositores e intérpretes a los ejecutantes, pasando por los bailarines, disc-jockeys y productores. Todos ellos fueron entrevistados por Gasió –quien luego eliminó sabiamente las preguntas– o escribieron especialmente, de modo que se trata de una historia colectiva del tango en primera persona, por donde desfilan desde Tomás Gubitsch y Pablo Ziegler hasta Alfredo “Tape” Rubin, Ramiro Gallo, Gustavo Mozzi, Lidia Borda, Ariel Ardit, Fernando Otero, la Típica Fernández Fierro, La Chicana, y eso sólo para empezar. No están todos, pero sí están muchos y el libro –que destaca muy por encima de la mayoría de los títulos de la colección– es de referencia obligada.

Para concluir, la Breve historia del folclore argentino ( 1920-1970). Identidad, política y nación, del historiador Oscar Chamosa, pese a la perezosa “c” del título que, siguiendo los dictámenes de la curiosa Real Academia Española reemplaza a la más venerable “k” –probablemente una tara ibérica–, es un instrumento absolutamente valorable para entender cómo llegó la música rural a Buenos Aires, cuál fue su desarrollo, cuál su utilización política, por qué su origen reaccionario viró progresivamente hacia la izquierda y en el caso de muchos artistas emblemáticos, como Mercedes Sosa, al Partido Comunista.

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Si bien se trata de una ampliación de un libro previamente publicado en inglés en una prensa universitaria estadounidense, resulta de lectura amena.

Fuente: Revista Ñ, Diario Clarin

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El mítico camarín de Julio Sosa.

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El “Varón del Tango” debutó en un bar de Chacarita a los 23 años. Y hasta dormía allí.

Llegó a Buenos Aires como casi todos los inmigrantes: en una mano, una valijita llena de sueños; en los bolsillos, escuálidos cuatro pesos. Fue el 15 de junio de 1949 y tenía apenas 23 años. Diez años antes había cantado en público por primera vez en un concurso de aficionados. Después, también lo había hecho en Las Piedras (su ciudad), en algún café de Montevideo y hasta había grabado cinco temas con la orquesta de Luis Caruso. Pero apuntaba más alto. Entonces, con el envión anímico y económico que le dieron sus amigos, cruzó el río, desembarcó en la Ciudad como Julio María Sosa Venturini y con su presencia y su voz se convirtió en un ídolo llamado Julio Sosa.

En esa primera etapa había más espinas que rosas. Sin embargo, la suerte estaba de su lado. Primero un amigo lo recibió en su casa. Pero enseguida se instaló en una pensión y buscó un lugar donde cantar. Lo encontró en el barrio de Chacarita. Era un viejo café que desde la década del 20 estaba en Jorge Newbery 3563, a media cuadra de lo que hoy es la avenida Córdoba. Los más viejos lo conocían como Bar Cacheda, aunque desde 1945 llevaba otro nombre: Café Los Andes. Fue una rara coincidencia: Sosa buscaba la cumbre y el lugar que eligió para su debut llevaba el nombre de la cordillera con las montañas más altas de América.

“Dicen que cuando uno entraba al salón el escenario estaba en la mitad, sobre la pared de la derecha; a unos metros había una escalera que llevaba hasta un cuartito en la parte de arriba”, recuerda ahora Ricardo Aráuz, actor, director teatral y dueño del local que desde hace 15 años (se cumplirán el 2 de julio) se convirtió en el Teatro Gargantúa. Según le contaron viejos habitués (entre ellos la actriz Anita Almada) por aquel café ya habían pasado figuras tangueras como Genaro “el tano” Expósito, Jorge Vidal y Alberto Marino. También le dijeron que en aquel cuartito, junto a la terraza, alguna vez Sosa se había quedado a dormir.

La primera actuación fue a pocos días de su llegada, como confirma una placa de bronce en una de las paredes del café. “En este lugar, en junio de 1949, debutó en la Ciudad de Buenos Aires Julio Sosa ‘El varón del tango’. Homenaje de la Legislatura-4 de noviembre de 2010”, dice el texto. Y enseguida se formó un grupo de seguidores del cantante. Cuentan que uno de esos fans (se llamaba Carlos Curcciani) lo vinculó con Raúl Hormaza, un presentador y poeta del medio tanguero. Hormaza lo conectó con el bandoneonista y director Armando Pontier, quien tenía una orquesta con el violinista y también director Enrique Mario Francini. Otra vez el viento soplaba a favor de Sosa. Pontier lo escuchó el 31 de julio de ese año. Al día siguiente, Julio debutaba en la orquesta cantando Lloró como una mujer .

Lo demás es conocido. Primero la orquesta de Francisco Rotundo; luego, otra vez Armando Pontier y después el gran éxito como solista, acompañado por la orquesta de Leopoldo Federico, hasta noviembre de 1964. “Para nosotros Julio sigue estando aquí”, dice Aráuz en alusión al ámbito del actual bar y teatro Gargantúa. Y por eso en el camarín en el que se cambiaba Sosa siempre hay una luz encendida. También afirma que en 1997, cuando compró el local que estaba casi en ruinas (había estado cerrado varios años, tras albergar una ferretería) alguien le dijo: “Aquí hubo muchos aplausos; todavía flotan en el ambiente”.

Y eso no es todo: “A veces, la radio que está en el bar se enciende sola y hasta se escucha algún tango”, recuerda Aráuz. Son datos que forman parte de la mitología que rodea a Julio Sosa, aquella que surgió después del accidente ocurrido en la madrugada del 25 de noviembre de 1964, en Mariscal Castilla y Figueroa Alcorta. Con su deportivo DKW Fissore, y a gran velocidad, Sosa chocó contra el pilar de hormigón armado de un semáforo. Murió al día siguiente y se hizo inmortal. Pero esa es otra historia.

 

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