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Julio Cortázar y el Tango

Noticias - 07/03/2014 - 0 Comentarios - Enviar

Se conoce hasta en los detalles sabrosos de las anécdotas las preferencias de Julio Cortázar por el jazz, pero se sabe mucho menos acerca de sus relaciones con el Tango.

Julio Cortázar
Julio Cortázar | Ampliar Imagen

“Yo crecí en una atmósfera de tango -escribe-. Los escuchábamos por la radio porque la radio empezó cuando yo era chico y después fue un tango tras otro. Había gente en mi familia, mi madre y mi tía, que tocaba tangos al piano y los cantaba. El tango se convirtió en parte de mi conciencia y es la música que siempre me devuelve a mi juventud y a Buenos Aires”.

Alguna vez declaró que comparado con el jazz el tango es mucho más pobre, para agregar luego, a modo de consuelo, que esa pobreza era hermosa. No viene al caso iniciar una competencia inútil acerca de las virtudes de uno y otro género, en todo caso basta con saber que para Cortázar el jazz era muy importante en su vida, pero el tango no le iba a la saga, más allá de declaraciones u opiniones poco oportunas o contradictorias.

La relación Cortázar con el tango proviene de su infancia, de una casa donde el tango era escuchado por su familia a través de una radio que recién empezaba a descubrirse. “En los patios a la hora del mate -evoca-, en las noches de verano, en la radio a galena o con las primeras lamparitas”. Sería exagerado decir que en esos años perdidos de su adolescencia se hizo tanguero, pero está claro que al momento de irse a París, cuando ya andaba cerca de los cuarenta años, el tango formaba parte de su paisaje cultural y está presente en sus primeros escritos literarios.

Él mismo cuenta que en 1952 un amigo le regala una victrola y algunos discos de Gardel. Ese obsequio sólo se le hace a alguien que es capaz de disfrutar con el tango. En ocasión de ese regalo escribe algunas opiniones sobre Gardel y el tango. Dice, por ejemplo, que para apreciar a Gardel en toda su calidad hay que escucharlo con una victrola. Julio hace hincapié en este caso en las evocaciones que le produce esa voz y esos tangos que le recuerdan tanto a su juventud en Argentina.

Su imagen de Gardel es muy “cortazariana”, por decirlo de alguna manera. “Gardel crea cariño, admiración, como Legui y Justo Suárez; da y recibe amistad sin ninguna de las turbias razones eróticas que sostienen el renombre de los cantores tropicales que nos visitan, o la mera delectación en el mal gusto y la caballería resentida que explican el triunfo de un Alberto Castillo”.

También en ese texto asegura que el mejor tango de Gardel es “Mano a mano”, de Celedonio Flores. Estima que allí está el punto exacto de talento, creatividad, equilibrio para interpretar un poema que considera excelente. Concluye sus consideraciones hablando de Gardel. Allí refiere la anécdota en la que un hombre le pregunta a otro -bigote malevo, funyi y pañuelo al cuello- que en un cine de barrio está esperando ingresar para ver “Cuesta abajo”. El diálogo es breve y elocuente. “—¿Vas a entrar al cine? —Sí, porque dan una del Mudo”.

Sus simpatías por Gardel sólo se comparan con su rechazo a Alberto Castillo, considerado algo así como un mamarracho, el arquetipo de lo que no debe ser el tango. Desde el punto de vista estrictamente musical y a contrapelo de sus declaraciones sobre la supuesta pobreza del tango, reconoce la calidad de músicos como Piazzolla, Basso, Salgán, entre otros. Pero es en su literatura donde las imágenes del tango están más presentes. Al respecto, habría que decir que resulta muy difícil, por no decir imposible, escribir cuentos y novelas ambientadas en el mundo urbano, sin que la cultura tanguera esté presente de una manera sutil o evidente, sobre todo en escritores de su generación. La ciudad transpira tangos y nos penetra -nos guste o no-, y no se puede percibir la realidad sin incluir -aunque más no sea- alguna nota tanguera.

En “Los premios” y “Rayuela” las referencias al tango son evidentes, a veces de manera irónica, a veces como marco escénico, a veces como dato pintoresco. En el cuento “Las puertas del cielo”, el tango está presente y de alguna manera es constitutivo del relato. “Las puertas del cielo” ha sido considerado un tango “gorila” de Cortázar por su visión algo burlona, algo despectiva de las clases populares (concepto parecido mereció “Casa tomada”, uno de sus primeros cuentos que incluso ganó la aprobación de Borges), pero más allá de estas dudosas y controvertidas consideraciones, lo cierto es que “Las puertas del cielo” es un cuento excelente, cuya música de fondo se escribe con ritmo de tango, afirmación que no sé si Cortázar compartiría, porque siempre dijo que si alguna influencia ejercía la música sobre su literatura, esa influencia era la del jazz, sobre todo en la técnica de la improvisación, de dejar liberado a “la creación espontánea” el ritmo de la escritura.

Pero Julio no sólo gustaba escuchar tangos, sino que, además, intentó escribir algunos. Un ejemplo con música de Edgardo Cantón: “Extraño la Cruz del Sur cuando la sed me hace alzar la cabeza para beber tu vino negro, medianoche. Y extraño las esquinas con almacenes dormilones, donde el perfume de la yerba tiembla en la piel del aire; pienso que está siempre allá como un bolsillo donde a cada rato la mano busca una moneda, el cortaplumas, el peine, la mano infatigable de una oscura memoria que recuerda sus muertos”.

La referencia más concreta a estas inquietudes se expresó cuando el Tata Cedrón hizo una presentación en ese célebre templo tanguero de París que fue Las veredas de Buenos Aires, inaugurado en 1981 con la presencia de Salgán entre otros. Las veredas de Buenos Aires gozó del reconocimiento de argentinos y europeos deseosos de disfrutar del tango en sus versiones más elaboradas.

Tal vez el poema más logrado de Cortázar sea “Quizá la más querida”, donde el tango está presente de manera deliberada y poética. “Me diste la intemperie,/ la leve sombra de tu mano/ pasando por mi cara./ Me diste el frío, la distancia,/ el amargo café de medianoche/ entre mesas vacías.// Siempre empezó a llover/ en la mitad de la película;/ la flor que te llevé tenía/ una araña esperando entre los pétalos.// Creo que lo sabías/ y que favoreciste a la desgracia./ Siempre olvidé el paraguas/ antes de ir a buscarte;/ el restaurante estaba lleno/ y voceaban la guerra en las esquinas.// Fui una letra de tango/ para tu indiferente melodía”.

Por: Manuel Adet

Fuente: El Litoral (Santa Fe)

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Hoy cantamos el tango más triste por el fallecimiento del doble oficial y mundial de Carlos Gardel, el chileno Rafael Rojas, reconocido por su voz y su inmenso parecido con el Zorzal Criollo.

Rafael Rojas
Rafael Rojas | Ampliar Imagen

El músico estaba radicado en Buenos Aires y era la voz del mítico “Esquina Carlos Gardel”.

En su homenaje, reproducimos un interesante y entrañable reportaje publicado en el diario “La Nación” de Santiago de Chile en agosto del año 2006, con motivo de una gira que realizó a su país natal.

-¿Qué expectativas tienes del show en Chile y que nos tienes preparado?

-La presentación en vivo consiste en un paseo por la historia del tango, es decir, desde las primeras milongas de Gardel a Piazzolla. Y los distintos estilos son representados por bailarines que realizan cuadros maravillosos, que yo acompaño con la voz.

-¿Cuándo descubres a Gardel?

-Me encuentro con el tango en Uruguay, cuando tenía 16 años. Allá, a Gardel se le escucha día y noche en la radio, donde transmiten temas de colección. Entonces lo oí con una voz de tenor, más aguda que la de “Volver” o de “El día que me quieras”, donde éste tenía más de 40 años, y ocurrió que encontré mucha afinidad con las letras y su voz, y me apasionó mucho el sentimiento del tango.

-¿Cómo definirías ese sentimiento?

-Creo que el amor me llevó al tango, porque el primero que hice, a los 16, nació de una experiencia que me llenó el corazón. Había vivido el primer amor, y le encontré sentido cantar desde esa esquina, así me lo explico.

-Y ahora se te conoce como el Gardel chileno. ¿Sientes que te pareces a él?

-Sí, aunque hay gente que cree que uno se miró al espejo, se encontró parecido a Gardel y empezó a cantar tango, y la verdad es que es mucho más profundo que eso. Pero sí, somos bastante parecidos.

-Pero tú compones tus propios temas también...

-Tengo varios. De hecho ahora estoy trabajando en una producción en la que quiero poner canciones mías, de Gardel y posteriores a él. No puedo dejarlo afuera porque es él quien me inspiró a hacer lo que hago, y pienso hacer toda la vida.

-Escuché también que tienes ganas de incursionar en el cine...

-Sí, hay algunos ofrecimientos para hacer películas en México. Si salen, voy a tener que tomar algunas clases aunque no creo que me cueste tanto hacer el papel de Gardel, porque sé cómo se movía y era.

-¿Y cómo era?

-Él era una buena persona. Un tipo generoso que tenía la cualidad de interpretar como nadie, los sentimientos humanos. Personalmente creo que el éxito del trabajo que hago, se debe simplemente a que aprendí a repartir las emociones en cada canción. Porque él no sobre actuaba, él dosificaba la voz, el timbre y la entonación para expresar, no sólo la tristeza sino el odio, la venganza.

-¿Si te lo encontraras qué le dirías?

-Puede sonar extraño, pero siento que estamos conectados. A veces me veo haciendo cosas, que luego sé que también las hizo él, y me sorprendo. De hecho, un día me asusté tanto que le pedí a Dios que me diera una señal de su existencia, porque hasta pensé que podía ser su reencarnación. Y resulta que en una de mis actuaciones yo estaba cantando, y en el foco de luz, veo la sombra de un hombre con sombrero. Me saqué el mío para verificar que cambiase el reflejo, pero no, él estaba ahí.

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