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Esta radio web ofrece el mejor repertorio de “enganchados” de música para milonguear, en el estilo de la más importante milonga argentina, la célebre “Milonga de Almagro”.

El repertorio, con tangos, milongas y valses criollos se agrupa en “tandas” de a 4 temas, separadas por pequeñas piezas de música ligera llamadas “cortinas”.
Esta colección exclusiva permite que en cualquier lugar del mundo, escuchando esta radio, se pueda organizar una milonga con una selección musical adecuada, que marcó un hito en la historia tanguera de la Argentina.

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Tango: últimas hurras a la tradición oral

Noticias - 24/04/2012 - 1 Comentarios - Enviar

Para la música, las partituras; pero a nueve décadas de la difusión de las cámaras hogareñas de video, el vehículo para comunicar el baile a través de los años fue el único posible: la tradición oral y el registro corporal de milongueras y milongueros.

Se acaba la tradición oral en el tango
Se acaba la tradición oral en el tango | Ampliar Imagen

Desde los tiempos de las pinturas rupestres la humanidad echó mano a los medios que tuvo a su alcance en cada época para atesorar y transmitir información. El mensaje a comunicar en muchos casos se vio condicionado por el soporte que lo comunicó y es razonable suponer que hubo procesos culturales que se estructuraron a partir de la forma que tuvieron de darse comunicación. En este momento, el tango está viviendo un cambio de paradigma en la relación mensaje-soporte que es interesante analizar. 

Para comprender la forma en que el tango viajó desde sus orígenes hasta nuestros días es preciso entender que los tres pilares que lo componen –música, letra y baile– se toparon con realidades distintas a la hora de hallar un registro que les permitiera ese viaje en el tiempo. En los orígenes, el desafío para eternizar la música consistió en encontrar a alguien que tuviera una mínima formación académica como para transcribir los sonidos en una partitura. Asentar las letras resultó aún más sencillo: bastó con un lápiz, un papel y el auxilio del idioma. Las verdaderas limitaciones sobrevinieron a la hora de documentar el baile, puesto que no existía un dispositivo que permitiera resumir el movimiento en algún formato que luego pudiera ser decodificado. No habiendo un sistema de lectoescritura de movimientos y a nueve décadas de la difusión de las cámaras hogareñas de video, el vehículo para comunicar la técnica y la historia del baile a través de los años fue el único posible: la tradición oral y el registro corporal de milongueras y milongueros. 

Durante muchos años, decenas de miles de personas aprendieron a bailar el tango en tiempo presente. De los tiempos idos solo llegaba el relato en general difuso, a menudo contradictorio y siempre incomprobable de quienes decían haber vivido ese pasado, o al menos haber conocido a quienes lo vivieron. La ausencia de una didáctica específica y la imposibilidad de constatar las leyendas destilaron una forma de aprendizaje confuso que acabó por ser constitutivo: como a andar en bicicleta, el tango siempre se aprendió a los porrazos. El baile del tango llegó hasta nuestros días en forma de legado, transmitido artesanalmente de generación en generación por los propios bailarines. Por décadas el saber fue un fantasma inasible que no se adquiría en academias: no había forma de aprender que no fuera sentarse largas horas al costado de la pista a observar a los que sabían, comprometerse en el cuerpo a cuerpo de las prácticas y estar en el lugar indicado las pocas veces en que algún milonguero decidía compartir parte de su herencia. Lo que resultaba imposible, en cualquier caso, era acceder a un pasado del cual abrevar. 

En el camino que comenzó a fines del siglo XIX, ocupó todo el siglo XX y continúa en el siglo XXI el baile sufrió cambios, alteraciones, innovaciones y renovaciones varias; sin embargo, aunque cueste creerlo, de todo ese rico proceso no hay documentos. El material filmado de los primeros cien años del tango bailado se cuenta por minutos; de todo lo bailado con anterioridad a 1980 solo se conserva un puñado de escenas de películas, unos pocos archivos de programas de televisión y algún video casero. 

Los años noventa introdujeron un nuevo personaje en la escena: la tecnología. La difusión de las videocámaras, el almacenamiento digital y la circulación de información por Internet abrieron una puerta enorme para acceder al conocimiento. Por primera vez en la historia del tango quien recién comienza a bailar no necesita que le cuenten cómo se bailaba hace veinte años: ahora puede verlo, y así es como las largas horas al costado de la pista comienzan a ser matizadas con largas horas buscando videos en la Web. 

La hipótesis contra fáctica es una práctica tan seductora como inconducente: si Shakespeare hubiera dejado videos en lugar de libros, es probable que otra hubiera sido la historia del teatro. Y es probable que otra hubiera sido la historia del baile del tango si existieran archivos históricos de quienes lo bailaron en sus comienzos. En cualquier caso, las cosas serán bien distintas en el futuro. Los tiempos han cambiado, quizás para siempre, y el tango que esta noche se está bailando –pongamos por caso–en Moscú ya está a disposición en la nube que nos observa.

Fuente: Revista ñ, Clarin

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Tita Merello

Noticias - 12/03/2013 - 7 Comentarios - Enviar

Nació en Buenos Aires el 11 de octubre de 1904, inscripta como Ana Laura Merello. Su estilo arrabalero a la hora de cantar, era un reflejo de su personalidad impetuosa y arrolladora, rasgos que se manifestaron luego, al revelarse como gran actriz.

Tita Merello
Tita Merello | Ampliar Imagen

Nació en un conventillo alumbrado a querosén, en el porteño barrio San Telmo, como Ana Laura Merello el 10 de octubre de 1904, hija de un cochero -que al poco tiempo sucumbió enfermo de tisis- y una planchadora.

Hasta los 9 años crece en un orfanato donde fue internada por su madre, condenada a la miseria. La tuberculosis que la ataca le abrocha en el alma sus primeros resentimientos.

Trabaja luego en una estancia cerca de Magdalena, como boyero y sirvienta, a cambio de casa, comida y algún escondido mimo de alguien que se apiada de ella.

Su regreso al conventillo ocurre a los 12 años, sin haber sido niña. Analfabeta y pobre, endurece su carácter hasta transformarla en una joven casi intratable y enemistada con la sociedad.

A los 20 años, después de su fugaz paso con un insignificante papel en una zarzuela, ingresa como corista de tercera en el teatro Bataclán, desde donde su desparpajo y su voz feroz y poco afinada la llevan como “vedette” al teatro Maipo, escenario de sus primeros triunfos, de la mano del empresario Roberto Cayol.

La cancionista, devenida en bataclana confrontaría con Sofía Bozán, estrella que por entonces deslumbraba en los escenarios de la calle Corrientes.

A los 27 años debuta en el cine, participando en la filmación de Tango, la primera película argentina sonora.

Allí es cuando se codea con Alberto Gómez, Pepe Arias, Libertad Lamarque, Azucena Maizani y Luis Sandrini, con quien viviría una eterna historia de amor y desencuentros.

Pasaron los años y Tita se mantuvo fiel a ese romance, en el que resultó perdedora pese a su coraje.

En 1950 filma Filomena Marturano, película cuya principal “remake” fue protagonizada por Sofía Loren.

Tita Merello, quien aprendió a leer a los 20 años, dejó una discografía tanguera para la antología, tales como Garufa, Del barrio de las latas o Dónde hay un mango. Entre sus films mas recordados están Arrabalera, Los isleros y Mercado de Abasto y su última película Las barras bravas en 1985.

Vivió sus últimos años en la Clinica Favaloro de Buenos Aires. El roble de su temple soportó los embates hasta dos meses después de cumplir 98 años.

Murió el 24 de diciembre de 2002.

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