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Las Calles del Tango.

Noticias - 01/08/2014 - 0 Comentarios - Enviar

La calle es un lugar emblemático en la poesía tanguera. Es un dato urbano, un dato de identificación geográfica en la gran ciudad, pero en el tango está cargado de otra emotividad.

Las Calles del Tango.
Las Calles del Tango. | Ampliar Imagen

Algunos de los grandes poemas de la historia del tango están titulados con el nombre de una calle o una esquina. Pensemos por ejemplo en Celedonio Flores que escribió dos tangos magistrales con títulos “callejeros”: “El bulín de la calle Ayacucho”, con música de José Servidio, y “Corrientes y Esmeralda”, con música de Francisco Pracánico. “El bulín de la calle Ayacucho, que en mis tiempos de rana alquilaba, el bulín que la barra buscaba pa caer por las noches a timbear...”, es todo un homenaje a la nostalgia y con ese tono lo canta Goyeneche.

Mención aparte merece “Corrientes y Esmeralda”, con un inicio brillante y un final a toda orquesta. “Amainaron guapos junto a tus ochavas, cuando un cajetilla los calzó de cross y te dieron lustre las patotas bravas, allá por el año 902”, son versos excelentes que, como al pasar, tienen la particularidad de rendirle un silencioso homenaje a Jorge Newbery, con ese final que todo tanguero de ley alguna vez tarareó a solas o para burlarse de alguien: “Te glosó en poemas Carlos de la Púa y Pascual Contursi fue tu amigo fiel, en tu esquina rea cualquier cacatúa, sueña con la pinta de Carlos Gardel”. Dos detalles sobre “Corrientes y Esmeralda”: los historiadores aseguran que la esquina pensada por Flores fue Corrientes y Maipú y que usó  Esmeralda por exigencias poéticas. El segundo dato, es que Gardel alguna vez lo cantó, pero no llegó a grabarlo. De todos modos, si el tango quedó en deuda con la calle Maipú, Roberto Medina la pagó generosamente escribiendo “Pucherito de gallina”, ese poema que Rivero interpreta como sólo él sabe hacerlo.  Y a propósito de Gardel, hay un tango que tiene mucho que ver con él, o por lo menos con la historia que los uruguayos imaginaron alrededor de su biografía. Su título refiere a una calle, a una calle particular de Montevideo que se llama Isla de Flores. El poema fue escrito en 1927 por el uruguayo Román Machado. Gardel lo grabó poco tiempo después, y se dice que lo hizo con particular emoción porque, insisto, si le vamos a creer a los uruguayos, el Morocho alguna vez vivió en calle Isla de Flores: “Isla de Flores, tan angostita, mi callecita corta del mar, en tus casuchas nacieron todos los más coperos del arrabal”.

La calle está presente en los títulos y los textos del tango. Sin esas calles el tango perdería algo importante y tal vez decisivo. “Corrientes 348, segundo piso ascensor...”, por ejemplo o “Belgrano 6011, quisiera hablar con René...”. En “A media luz” y “Charlemos”, el nombre de la calle es insustituible. Lo mismo puede decirse del tango de Cadícamo y Cobián: “Susheta”. “Toda la calle Florida lo vio, con sus polainas, galera y bastón”. En este caso no hay tango posible sin nombrar la calle Florida. Algo parecido ocurre con “Mano cruel”, escrito por Tagini en 1928. “Ya no sos más la linda piba que mimó la muchachada de la calle Pepirí...”. Máximo Orsi escribe “Carro viejo”, que alguna vez lo cantó Julio Martel, tango que al poeta Aldo Oliva le gustaba tararear cuando estaba entre amigos: “Paseaba por Florida de tarde bien trajeado, tenía apartamento parado a todo tren...”; dice en uno de sus primeros versos, para después sentenciar; “Andá por Campichuelo, cortá por Triunvirato que puede que el camino no se haga tan pesao...”.

“Sur” se inicia nombrando dos calles decisivas en la mitología: “San Juan y Boedo antiguo”, para después construir uno de los versos más bellos del género: “Ya nunca me verás cómo me vieras, recostado en la vidriera y esperándote”.

Como buen poeta, Homero Manzi sabe que nombrar una calle es darle consistencia a una imagen. Así ocurre por ejemplo en “Mano blanca”, porque si no estuviera la avenida Centenera y Tabaré todo lo que le ocurre al carrerito no tendría importancia. Y algo parecido sucede con “El pescante”, que transita como entre sueños por las calles de Constitución esperando el llamado de René.

La poética del café estaría incompleta sin la mención a una calle o una esquina. Es lo que sucede con el poema de Cátulo Castillo “Café de los Angelitos”, cuando dice “Yo te alegré con mis gritos en los tiempos de Carlitos por Rivadavia y Rincón”. O el “Café la Humedad” con su barra amiga de Gaona y Boyacá. Para no mencionar ese poema de Carlos de la Púa en homenaje a la célebre Cortada de Carabelas: “Barajada en el naipe de las calles centrales, Carabelas es la carta más brava del asfalto...”.

La calle muchas veces está sugerida, apenas insinuada. “Una calle en Barracas al sur, una noche de verano” escribe González Castillo. Horacio Ferrer recurre a este procedimiento para elaborar su poética. En “Balada para un loco” esta referencia es explícita: “Las callecita de Buenos Aires tienen ese qué se yo, ¿viste?, salgo de casa, por Arenales, lo de siempre en la calle y en mi...”. El diminutivo “callecita” y el “viste” son importantes, porque le otorgan al poema un perfil de clase media culta y urbana insoslayable que se perfecciona con la mención a Arenales, una de las calles bacanas de Buenos Aires. Después está “la luna rodando por Callao”. En “Balada para mi muerte”, la referencia de Ferrer a la calle adquiere un tono intimista y melancólico: “Hoy que Dios me deja de soñar, a mi olvido iré por Santa Fe, sé que nuestra esquina vos estás, toda de tristeza hasta los pies”.

La calle también está sugerida en “Rondando tu esquina”, “Cuartito azul”, “En la madrugada”, “Esquinas porteñas”, “Tres esquinas”. En “Garúa” hay una discreta referencia a la calle, discreta pero decisiva, al punto que no nos podemos imaginar ese tango sin una calle donde el hombre dice “Qué noche llena de hastío y de frío, no se ve a nadie cruzando la esquina, sobre la calle la hilera de focos, lustró el asfalto con luz mortecina”.

De este modo, podríamos seguir mencionado poemas, pero lo que importa destacar en todos los casos es el “detalle” que la calle le otorga a un tango. No hay poeta sin esa capacidad para captar un “detalle” y cargarlo de intensidad. Cualquier nombre de calle, cualquier alusión a una calle es eficaz poéticamente si es capaz de resumir una pasión profunda, una visión reveladora, un instante del pasado que se ilumina con la palabra justa.

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El Tango entre los chinos

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Culpa de un violín que imita a un típico instrumento folklórico lugareño, nació el tango en China, desencadenando una moda. Pocas creaciones se dieron después de 1945.

Marquesina del show de Forever Tango en China
Marquesina del show de Forever Tango en China | Ampliar Imagen

Riôichi Hattori, experimentado músico japonés desaparecido en 1993, se paseó por disímiles estilos que fueron desde el hula hula hawaiano y la rumba, hasta la opereta rusa, aunque es preciso resaltar que el tango era una de sus músicas predilectas. Grabó Tango de las castañuelas en 1935 y no fue lo que se dice un suceso, porque el registro estuvo a cargo de una casi ignota discográfica. Todavía persiste la duda si el compositor combinó la expresión rioplatense con el ritmo de las castañuelas o lisa y llanamente confundió dos estilos musicales como lo eran el argentino y el español. La creación cobró vuelo cuando la divulgó y grabó en 1949 el primer crooner japonés Ichiro Fujiyama.

   El Tango China de 1939 es una combinación del ritmo original con una melodía de estilo chino y surgió tras una visita de Hattori a los campamentos militares nipones en China, iniciando de esta manera un prolífico período traducido en éxitos como Kanton Blues y Noche en Suzou. Aunque en verdad la clave de estas exóticas creaciones fue la inclusión del violín imitando el típico movimiento de Kokyû, un instrumento del folklore chino.  

   Todo indica que esta moda de popularizar la música fue parte del creciente expansionismo japonés y que esta expresión del arte se utilizaba para proyectar en el imaginario popular la idea de China formando parte de un Gran Japón. Y como efecto retroactivo interesante, China Tango tuvo una versión china, probablemente la primera de varias composiciones de Hattori replicadas por cantantes chinos, cuyo colorido local inspiró en la preguerra Shangai Nocturn, Continent Liner, Tango Shangai y The Dawn of Khalbin. Pero China Tango no fue la primera pieza que utilizó este género en tan exótico contexto porque un año antes, en 1938, Tarô Shôji, quien lucía una grata sencillez en sus interpretaciones, cantó el tango Shangai Machikadode que traducido a nuestro idioma es En el rincón de Shangai, cuya letra pone en escena la banal situación de una pareja de amantes que se separa en el puerto, con la importancia que esta vez, están en Shangai aunque la música no revelaba nada del estilo chino.

   Eiichi Yamada fue el compositor que no supo de qué manera incorporar el tango a una atmósfera china, que ya en 1937 poseía su propio tango-habanera, ¿When can I see you again? (¿Cuándo puedo verte de nuevo?) versión nipona que ganó fama en Japón después de China Tango.

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   La moda de China se esfumó en 1945 con la derrota bélica de Japón y debe ser por eso que pocos han sido los tangos del estilo chino surgidos con posterioridad.

 

                                                                                         GONIO FERRARI

 

Fuente: El tango nómade.

Compilador: Ramón Pelinski

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