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Adiós a un inolvidable cantor: el 14 de setiembre murió Jorge Vidal

Noticias - 13/10/2010 - 6 Comentarios - Enviar

Con mucha tristeza recibimos la noticia de la muerte de Jorge Vidal, cantor del tango y personaje de la ciudad.

Jorge Vidal
Jorge Vidal | Ampliar Imagen

Tuve la suerte de conocerlo y entrevistarlo en varias oportunidades y siempre lucía su estampa de varón porteño, peinado a la gomina y con una voz inconfundible.

Había nacido en agosto de 1924, y su profesión de cantor fue de casualidad, en el barrio, con guitarras y bandoneón. Le gustaba recordar que en un bar de Chacarita el maestro Osvaldo Pugliese le tomó una prueba y lo incorporó a la orquesta, era 1949 y cuando se subió por primera vez al palco “las minas lo seguían con la mirada”.

Estuvo con Pugliese dos años hasta mediados de 1950, compartiendo rubro vocal con Alberto Morán (que cantaba el repertorio romántico), mientras que Jorge hacía los tangos recios como “Vieja Recova”, “Ventanita de arrabal” y su primer gran suceso “Puente Alsina”.

Su éxito fue tan fuerte que al dejar Pugliese  se inició como solista acompañado por las guitarras de Alberto Remersaro y fue uno de los vendedores de discos más importantes de principios de los cincuenta. Son inolvidables sus versiones de “Milonga burrera”, “Boliche el cuco”,“Tarde”, “Confidencia” y “Tres esperanzas”, que lo llevaron  ser referente en milongas turfisticas y cómicas como en  tangos de hondo contenido dramático. 

 

Cuando fue nombrado “Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires” con un cálido acto en la legislatura porteña, ante un auditorio de amigos y colegas volvió a entonar “…donde está mi barrio…mi cuna maleva”,  los versos de inicio del tango Puente Alsina. Fue una emoción muy profunda para todos, porque ahí estaba nuevamente el cantor, ese “negro” querido que seguirá viviendo cada vez que escuchemos sus discos.  

Por Gabriel Soria

 

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Así apodaban a Pugliese sus amigos, y este motivo sirvió para que su hija Beba, también notable pianista, compositora y directora de orquesta, escribiera un tango con ese sobrenombre.

Tapadel libro de Beba Pugliese
Tapadel libro de Beba Pugliese | Ampliar Imagen

Un tiempo después, el maestro Horacio Ferrer le colocó versos por pedido de Beba, y lo grabaron juntos en el 2007, para el  disco Dinastía Pugliese.

A comienzos del 2010, Lucela Delma Pugliese (La Beba), publicó junto a JVE Ediciones, el libro Osvaldo Pugliese, Testimonios de una vida, contando en sus 350 páginas la trayectoria de su padre, un luchador de sus ideales y un talento enorme para la música popular argentina.

Del capitulo Pero faltaba algo …o alguien, transcribo este relato acerca del nacimiento de Osvaldo:

“Un 2 de diciembre de 1905, a las 7 de la tarde don Adolfo Pugliese de 29 años y doña Aurelia Terragno, de 25 años. ambos argentinos, recibían el nacimiento de su tercer hijo legítimo bautizado Osvaldo Pedro. Declararon su nacimiento el día 6 de diciembre. Siendo hijo auténtico de ese barrio (Villa Crespo), Osvaldo nació y creció con las siete claves, pentagrama incluido, milonga implícita.

Su padre era flautista y cortador de cueros del calzado (nunca trabajó en la Fábrica Nacional de Calzado de Salvador Benedit).

Sus hermanos fueron violinistas, y por eso se puede decir que ya desde su cuna, mamando notas musicales, se fue formando su espíritu creador, se fue perfilando una personalidad que permanecería en el tiempo. Ya consagrado como uno de los mayores creadores del tango, solía decir: “-Desde chico oí hablar del Tango”.

Y Osvaldo fue creciendo. Aunque trabajaba desde sus 6 años vendiendo diarios, lustrando botas, barría los cines para entrar gratis y ver sus películas favoritas (las del héroe vaquero Ton Mix). Se paraba en las vidrieras de los cafés para escuchar a Eduardo Arolas en el “Venturita”, en “La puñalada”, donde tocaban Preschi y Ascheri. Se trepaba del balcón de su casa, vivía justo al lado del Club San Bernardo, café “La Pura”, lugar de reunión de todos los poetas músicos y de actores donde Celedonio Flores escribió Margot y Mano a Mano, Alberto Vacarezza, Paquita Bernardo (primera bandoneonista), Marcos Zúker, Ben Molar, Osvaldo Miranda, Leopoldo Marechal.

Y él escuchaba… escuchaba esos tangos con atractivos matices, sintiéndose subyugado por tan penetrante música. Y soñaba…soñaba mientras tocaba  de oído el violín dando algunas serenatas, y queriendo crecer rápido para ocupar él también aquellos palcos tangueros.

El colegio no le gustaba. Su madre tenía que acudir reiteradamente a la escuela porque faltaba a clases- se hacia la rabona – y no cumplía con los deberes, que había que realizar en casa después del horario escolar. A más de todo eso, se quejaba porque su mamá le hacía los guardapolvos largos y por eso los demás chicos lo llamaban …”ratón”. No, realmente no se hallaba a gusto con la vida escolar.

Cuando había pasado el quinto grado decidió comunicarle al padre que no quería ir más al colegio.

“ a mi no me gusta” se atrevió a decirle en la cara.

El, mi abuelo Adolfo, lo miró y le respondió tranquilamente: “ bueno, si no querés estudiar porque no te gusta, vas a ir a trabajar”.

Mi abuelo habló en consecuencia con un amigo pianista, de apellido Mazzone, que tenía una imprenta en la calle Triunvirato (en el tramo que hoy es Avenida Corrientes) entre Aráoz y Velásquez. Allí comenzó Osvaldito, a ocuparse de su nueva labor, bajando letras. Después cambió por otra imprenta, la del señor Saibene, porque le pagaba más. Siguió bajando letras en la calle Canning (hoy Av. Scalabrini Ortiz), entre Jufré y Lerma y así fue aprendiendo el oficio de tipógrafo.

El abuelo Adolfo notó entonces el oído musical que tenía su hijo, aunque él tocaba el violín de oído. Dijo más adelante mi padre, Osvaldo:

“…yo rascaba con su diarero del barrio que era bandoneonista, de nombre Estebita y  con un guitarrista al que llamaban El Tano Siete Liras. Fue así como me inicié en el medio musical, dando serenatas y tocando en algún boliche o bodegón”.

Un día, el padre, apareció con un piano,  diciendo:

“Violinistas sobran, así que estudiá el piano”.

(Beba Pugliese, de su libro “Testimonio de una vida”)

Gabriel Soria

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